domingo, 11 de febrero de 2007

Comentarios dispersos. Rocas y colosos


Quizás a los hombres les ocurre como a los niños, que se dejan sorprender por el tamaño descomunal de un oso de peluche o de un muñeco de nieve. Los egipcios colocaron en las fachadas y avenidas de sus templos estatuas gigantescas de faraones y dioses. En Grecia, el coloso de Rodas era una representación del dios Helios, se supone de bronce, que medía 30 metros de altura.
En Afganistán existieron los Budas gigantes de Bamiyán; en la Isla de Pascua existen los “moais”; en la literatura universal Gargantua y Gulliver; en el cinematógrafo King-Kong. En la villa de Baiona , la Virgen de la Roca, escultura colosal de Antonio Palacios. En el paisaje natural ,al otro lado del Atlántico están las cabezas de Washington, Roosvelt, Jefferson y Lincoln esculpidas “in situ”por Gutzon Borglum en el Monte “Rushmore” de Black Hills, en Dakota del Sur.

En la evolución de la especie, hay un momento en que el hombre descubre la forma de animal de una nube, o se asusta de noche al ver la sombra de una roca que le parece amenazador gigante. Debemos retroceder hasta la primera irrupción de lo colosal y lo gigantesco. El Coloso del Pindo no debe nada al trabajo del hombre, es una obra casual de la Naturaleza.
Muy pronto el hombre compara y relaciona formas, no establece parecidos el ave rapaz o el primate. Podemos pensar que es en la transición del homínido al hombre cuando el Coloso del Pindo deja de ser piedra agreste e indistinta respecto a otras muchas existentes en el gigantesco pedregal donde se ubica.


Hay un pequeño párrafo de Victor Hugo, en su segunda novela “Hans de Islandia”, donde aparece un peñasco en un abrupto lugar del bosque, que tiene forma de animal: “Dejamos a Ordener y Spiagudry ascendiendo penosamente, a la luz de la luna, la pendiente del curvado peñasco de Oëlmoe. Este peñasco estaba totalmente desprovisto de vegetación a partir del lugar en que comenzaba su curvatura, y por tal motivo los campesinos noruegos lo denominaban “El cuello del buitre”, nombre que, en efecto, expresa con exactitud la imagen que ofrece a lo lejos la enorme masa de granito
De casi treinta años después, de 1852 (durante su largo exilio en la isla de Guernesay, en la parte inglesa del canal de la Mancha), es una foto -realizada por su hijo fotógrafo, Charles-; en la que aparece subido a un enorme peñasco: el “Rocher des Proscrits”. En alguna carta de esas fechas escribirá esta dedicatoria: « A Jersey, la fôret s´est faite jardin; à Guernesey, le rocher est resté colosse ».


Gustav Meyrink, escritor alemán residente muchos años en Praga, escribió una novela “El Golem”, donde recrea la leyenda judía local de un antropoide hecho en arcilla por el rabino Low; un hombre artificial de extraordinaria fuerza que vivía en una habitación con ventanas pero sin puertas. En este libro los parecidos van mas allá de lo trivial y las figuraciones se producen desde objetos que no son rocas antropomorfas sino casas del antiguo gueto judío de la ciudad, muros al derrumbarse, asperezas de la piel: “…. y contemplé las casas de feo color que tenía ante mi, como animales viejos y malhumorados, acurrucados unos junto a otros bajo la lluvia”. “El revoque de un muro al derrumbarse toma el aspecto de un hombre al caminar; y en las figuras que configura el hielo se forman rasgos de caras rígidas”. “.......si la vista descansa en un monótono enrejado o en las asperezas de la piel, se apodera de nosotros el desagradable don de ver en todas partes significativas formas premonitorias, formas que en nuestros sueños crecen hasta hacerse gigantescas”.
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ver también los apartados 03 y 04 de: